Los europeos están actualmente ocupados por una serie de otros desafíos, como las guerras híbridas que incluyen ataques cibernéticos, problemas de seguridad energética, presiones derivadas de los flujos de refugiados, y la necesidad de mantener la cohesión de las sociedades europeas ante estas crisis. Esta disparidad en las visiones no significa que los europeos sean ingenuos ante las amenazas, o que los estadounidenses actúen temerariamente, sino que simplemente refleja las distintas realidades geopolíticas a las que se enfrenta cada parte. Para estos países, Rusia sigue representando la amenaza más urgente, y su atención se centra en gran medida en la seguridad del continente europeo y en las posibles consecuencias de los conflictos de larga duración en Oriente Medio. En Bruselas, la capital belga donde se encuentra la sede de la alianza, el ambiente general no indica que la OTAN se esté encaminando al colapso o a la disolución. Berlín es plenamente consciente de su dependencia estructural del paraguas de seguridad estadounidense, y por tanto considera que no es una opción estratégica inteligente enfrentarse políticamente directamente a Washington. Un grupo de países miembros podría optar por alinearse estrechamente con las campañas globales lideradas por Estados Unidos, mientras que otro grupo podría preferir centrarse en las misiones de defensa de los territorios europeos y la estabilidad regional. Aunque todos los países seguirán formalmente comprometidos con el artículo 5 de la carta de la alianza, que estipula el principio de defensa colectiva, el ámbito de la acción política conjunta podría reducirse gradualmente. El gobierno británico considera que este enfoque refleja una posición equilibrada, aunque algunos círculos en la Casa Blanca podrían interpretarlo como indecisión o falta de entusiasmo para apoyar a Washington. A nivel militar, la OTAN continúa desempeñando sus funciones con normalidad; los sistemas de defensa aérea están en alerta constante, los servicios de inteligencia conjunta siguen activos, y las estructuras de mando y control operan según los mecanismos habituales. Sin embargo, las alianzas no se basan solo en capacidades militares y técnicas, sino que dependen en gran medida de la confianza política mutua entre sus miembros. Este consenso y cohesión ya han sido sometidos a una serie de pruebas recientemente, ya sea en el contexto de la guerra en Ucrania, debido a la retórica aguda adoptada por Washington durante la administración de Donald Trump, o debido a las dificultades continuas que Europa enfrenta al convertir sus compromisos políticos en capacidades militares tangibles. Una de las razones más importantes de los desacuerdos dentro de la alianza se debe a la diferente evaluación estratégica entre Estados Unidos y los países europeos. En este contexto, ha quedado claro que la creciente superposición entre los desacuerdos estratégicos y la presión económica representa un desarrollo notable, ya que las amenazas comerciales y el uso de la influencia económica se están convirtiendo en herramientas cada vez más presentes en los conflictos que tradicionalmente se clasificaban como puramente de seguridad. Al mismo tiempo, los gobiernos europeos son conscientes de la influencia de la opinión pública, ya que los recuerdos de las guerras de Irak y Afganistán siguen muy presentes en la conciencia política europea. Por un lado, Londres reconoce que Europa debe hacerse con una mayor parte de la carga de la defensa, una reivindicación tradicional de Estados Unidos, mientras que por otro intenta mantener un delicado equilibrio en su gestión de la crisis. Reino Unido acordó algunas formas de cooperación defensiva limitada, pero no participó en los primeros ataques contra Irán, al tiempo que buscaba preservar la unidad de la alianza. Merz renovó el compromiso de su país con el aumento del gasto en defensa, el fortalecimiento de la cooperación transatlántica e incluso no dudó en criticar la posición española. Reino Unido, bajo el gobierno laborista de Keir Starmer, se encontró en una posición más compleja. Durante cuatro décadas, la fuerza de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) se ha basado en su cohesión interna y su capacidad para unir a los países miembros en torno a los objetivos estratégicos que persigue. La suposición predominante durante todos esos años era que Estados Unidos, como la potencia más grande e influyente dentro de la alianza, cuando declaraba una amenaza estratégica para la seguridad de la alianza o de sus miembros, los estados europeos aliados se alinearían rápidamente detrás de la posición estadounidense y la apoyarían. Para Trump y varios responsables de su administración, Irán representa un desafío estratégico a largo plazo, no solo por amenazar la seguridad de Israel, sino también por su posible búsqueda de armas nucleares en un plazo medio. Este cambio no significa necesariamente el fin de la alianza, pero podría representar una profunda transformación en su naturaleza y su papel. Aunque la estructura militar de la OTAN sigue siendo la misma que antes, el consenso político ha comenzado a mostrar claras señales de erosión. El nivel de confianza mutua ya no es el mismo, y las viejas preguntas relacionadas con la soberanía, la independencia y la lealtad estratégica han vuelto a primer plano, dominando los titulares políticos y mediáticos. De hecho, la guerra con Irán no llevó al colapso de la alianza atlántica, pero reveló la magnitud de los desafíos a los que se enfrenta su consenso y su cohesión política. Sin embargo, la guerra con Irán parece ser un verdadero prueba de la hipótesis mantenida durante mucho tiempo que se consideraba la base de la solidez y la cohesión de la alianza. Aunque la estructura militar de la OTAN sigue siendo la misma que antes, sin cambios fundamentales, el consenso político que constituía el pilar de la alianza ha comenzado a mostrar claras señales de erosión. Estados Unidos ve en Irán una amenaza estratégica que requiere un trato decidido e estricto, mientras que muchos gobiernos europeos ven el asunto desde otra perspectiva. Sin embargo, las diferentes evaluaciones sobre la naturaleza de las amenazas dentro de cualquier alianza a menudo generan fricciones entre sus miembros, especialmente cuando se trata de una amplia alianza que agrupa a 32 países entornos de seguridad diversos. La prudencia europea España fue uno de los países europeos más críticos con la guerra. Ningún miembro de la alianza expresó el deseo de cuestionar el artículo 5 de su carta, que es el artículo que estipula el principio de defensa colectiva, es decir, el compromiso de todos los miembros de defender a cualquier estado miembro que sufra un ataque. No obstante, el clima político dentro de la alianza parece haber cambiado significativamente, y el lenguaje utilizado en las discusiones se ha vuelto más agudo que antes. El gobierno español, liderado por Pedro Sánchez, advirtió que la escalada militar podría provocar mayor inestabilidad en la región, y reiteró su negativa a permitir el uso del territorio español para ejecutar operaciones ofensivas relacionadas con la guerra. Francia, por su parte, adoptó una posición más equilibrada, expresando su preocupación por las implicaciones del conflicto, al tiempo que enfatizaba la importancia de mantener abiertas las canales diplomáticas, reafirmando su compromiso con el concepto de independencia estratégica europea. Canadá también llamó a la prudencia y al respeto a las normas del derecho internacional. Sin embargo, ninguna de estas posiciones llegó tan lejos como para cuestionar los compromisos de defensa colectiva de la OTAN, o para llamar a una separación de Washington, pero estas posiciones indican claramente un patrón más amplio, a saber, que la solidaridad dentro de la alianza no significa necesariamente apoyar cada decisión estratégica tomada por Estados Unidos. En realidad, este tipo de tensión no es totalmente nuevo, ya que evoca la atmósfera de la etapa de "con nosotros o contra nosotros" que surgió durante la guerra contra el terrorismo tras los ataques del 11-S, un enfoque que complicó las relaciones dentro del campo occidental en un momento en que China observaba con cautela las divisiones dentro de su mayor competidor estratégico. Alemania y Reino El canciller alemán, Friedrich Merz, asumió una posición más clara al reafirmar el compromiso de su país con la Alianza Atlántica. Desde esta perspectiva, los responsables de la toma de decisiones en Washington consideran que una política de disuasión estricta es absolutamente esencial, y cualquier vacilación ante Teherán podría interpretarse como una señal de debilidad, una lógica que se alinea con la dirección tradicional del pensamiento estratégico estadounidense, que tiende a utilizar la fuerza para gestionar las amenazas. Por el contrario, muchos países europeos adoptan una visión algo diferente. Las estructuras militares de la alianza siguen funcionando con eficiencia como siempre, y sus sistemas de disuasión siguen siendo eficaces. Desde la perspectiva de estos países, Rusia sigue siendo la amenaza de seguridad más cercana geográficamente y más urgente, especialmente dada la guerra en curso en Ucrania. En este caso, la OTAN podría transformarse de una alianza estratégica con una visión global unificada en un marco de cooperación selectiva entre sus estados miembros. Aunque la OTAN representa un marco sólido para la defensa colectiva, el entusiasmo popular y político por participar en una nueva intervención militar, y quizás de larga duración, en Oriente Medio sigue siendo extremadamente limitado. Como resultado, emerge dentro de la alianza un tipo de equilibrio delicado: una cooperación militar y operativa continua, acompañada de una clara prudencia política. Javier Villamor**Periodista y analista español residente en Bruselas para European Conservative Dos grupos diferentes La OTAN podría evolucionar gradualmente hacia una estructura informal, operando a dos velocidades distintas en los acontecimientos recientes.
La división en la OTAN: Europa y EE. UU. ven las amenazas de forma diferente
El artículo analiza las crecientes discrepancias dentro de la OTAN, surgidas de las diferentes visiones de EE. UU. y Europa sobre las amenazas. Mientras Washington insiste en una línea dura contra Irán, muchos países europeos, como España y Alemania, llaman a la contención y la diplomacia. Esta disparidad en las prioridades estratégicas, donde Europa ve a Rusia como la amenaza principal y EE. UU. a Irán, cuestiona la unidad de la alianza y su futuro papel.